JOVENCITOS CON BOTINES: LUIS G. CHACÓN. HTTP://ELMASLARGOVIAJE.WORDPRESS.COM / @LUISGCHACON

Aromas de Pascua luis chacon (4)

Siempre que llega Semana Santa recuerdo a un viejo conocido de mi abuelo, tan anarquista, ateo y revolucionario como amante del arte y la belleza. Sostenía, en su curiosa contradicción, la imperiosa necesidad de erradicar de la faz de la tierra toda iglesia y religión a la vez que abogaba con idéntica vehemencia por el regalo que había supuesto la Iglesia Católica para el arte como fuente de inspiración y mecenazgo artístico, desde la más nimia y sencilla manifestación popular hasta la mayor y más lograda de las exquisiteces vaticanas. En frase suya, de no haber existido hubiéramos debido inventarla. Melómano empedernido, disfrutaba de una saeta cantada con gusto en cualquier calleja albaicinera con el mismo ensimismamiento que hubiera dedicado a deleitarse con la Misa del Papa Marcelo de su adorado Palestrina en la mismísima Capilla Sixtina que nunca logró visitar.

El mismo asustacuras que repetía como una letanía la frase de Marx – a quien no profesaba aprecio alguno por considerarlo un aburguesado revolucionario de salón – que define a la religión como opio del pueblo, solía buscar en la penumbra de las naves laterales de la Catedral granadina, un banco apartado y tan alejado del altar mayor como de la puerta principal, desde el que disfrutar, cada domingo de cuaresma, de alguna cantata de Bach, el Panis angelicus de Cesar Franck o el Canticorum Iubilo del Judas Macabeo de Händel. Cada vez que los acompasados acordes del majestuoso órgano reverberaban entre las encaladas columnas, una lágrima de emoción resbalaba por el curtido rostro del duro luchador revolucionario perdedor de mil batallas. No sé cuántas veces le escuché decir que solo había dudado de su ateísmo la primera vez que escucho el Réquiem de Mozart en una lejana sala de conciertos austríaca durante los años de entreguerras.

Aromas de Pascua luis chacon (1)La Semana Santa es uno de los momentos más importantes del calendario litúrgico cristiano ya que en ella se conmemoran los hechos sobre los que los fieles cimentamos nuestra fe y la Iglesia su propia existencia. Pero dejando de lado su evidente trascendencia religiosa, no podemos olvidar la importancia social que como manifestación popular, artística y multitudinaria, tiene en países como España, de milenaria tradición católica.

A lo largo de los siglos, el arte ha sido para la religión católica púlpito para la predicación, elemento de proselitismo, medio de propaganda, vehículo de oración y forma tangible de plasmar la fe, las creencias y la piedad de mecenas, artistas y fieles. No creo que haya un hecho – histórico, legendario o ficticio – más representado que la pasión, muerte y resurrección de Cristo. En cualquier templo católico y en particular, en las imponentes Basílicas romanas o en las Catedrales de todo el mundo, la belleza de la liturgia, el canto salmódico de las preces, la armonía de la música sacra y hasta los ropajes rituales constituyen un espectáculo de deslumbrante belleza, se profese o no religión alguna.

Desde la misa del Domingo de Ramos que se adorna con esas hermosas obras de arte efímero que son las palmas trenzadas con singular maestría por los artesanos de Elche, hasta el alegre y renovador rito del Domingo de Resurrección, una eclosión de arte sacro se apodera de calles y plazas. Celebraciones litúrgicas, representaciones de la Pasión y desfiles procesionales forman parte de una tradición popular, tan social como religiosa, sin la que es muy difícil entender nuestra cultura.

Aromas de Pascua luis chacon (3) Aromas de Pascua luis chacon (5)

Aromas de Pascua luis chacon (2)No hay corazón sensible que no admire la explosión de armonía, plasticidad y belleza que supone la celebración de la Semana Santa en cualquier lugar de España. Es imposible zafarse del olor intenso del incienso que purifica los templos o del centelleo de la luz de los cirios que enmarcan, en un azaroso juego de luces y sombras, los gestos sobrios de vírgenes y crucificados. No hay rincón al que no llegue el sonido de las marchas procesionales o de los tambores que – como en Calanda – remedan el trueno que anunció la muerte de Cristo. Ni mano infantil que no haya buscado curiosa, el tacto de damascos y terciopelos o temerosa y aventurera, el calor ardiente de las lágrimas de cera derretida que caen de las velas que portan los penitentes. Y junto a todo ello, el sabor dulce, meloso y casi profano de un inmenso escaparate de repostería artesana, monacal o casera, transmitida de generación en generación como un valioso e imperecedero tesoro familiar.

Quizá por todas esas sensaciones, aquel viejo revolucionario que abominaba de las sotanas, no lo hizo jamás de la música sacra, ni de la pintura religiosa, ni de la escultura piadosa. Quizá por ello, adoraba la imaginería hiperrealista del barroco español que nos hace sentir como vívidos y casi propios, el gesto dolorido de ese hombre ejecutado injustamente en la cruz, el llanto de una madre con el pecho traspasado de dolor ante la muerte de su hijo, la cara avergonzada del amigo que por tres veces lo ha negado, la locura suicida del traidor arrepentido o el desconcierto de quien se lava las manos, pues se ve incapaz de hacer razonar a las turbas.

Quizá esa era la razón por la que cada madrugada de Viernes Santo se arrobaba ensimismado ante la imagen del Cristo crucificado de José de Mora que procesiona entre la luz temblorosa de cuatro hachones y el silencio cortante de una humanidad emocionada que sólo rompe un tambor destemplado y el rumor del río Darro que corre bajo la Alhambra iluminada por la primera luna llena de la primavera.

Quizá, por todo ello, cada año volvemos a llenar las calles por Semana Santa.