JOVENCITOS CON BOTINES: Luis G. Chacón.http://elmaslargoviaje.wordpress.com /@LuisGChacon

Durante siglos, la clase media se redujo a una mera escalera por la que, según te tratara la diosa Fortuna, subías o bajabas pero en la que no podías instalarte. Con la sola excepción de la Iglesia y la milicia, la movilidad social era inexistente. Quien disponía de capacidades pero carecía de cuna solo podía medrar socialmente enarbolando la cruz o blandiendo la espada. Así, la sociedad se dividía en dos grupos tan delimitados como rígidos, ricos y pobres. De todos modos, como riqueza y pobreza son conceptos relativos ya que sólo existen por comparación, no todos los ricos llegaban a disfrutar de lo que llamaríamos excesos de la riqueza.

Como fruto de la división social, el lujo disfrutaba de caracteres evidentes y determinantes. Sólo estaba al alcance de unos pocos y se plasmaba en bienes perfectamente identificables por su coste, rareza y exquisitez. Se manifestaba por la posesión y exhibición de aquello a lo que jamás podrían aspirar el común de los mortales: metales nobles, piedras preciosas, tejidos, tintes, especias y todo tipo de productos exóticos eran considerados, mucho más que cualquier fortuna industrial, comercial o agraria, objeto de deseo de quienes disfrutando de riqueza aspiraban a deleitarse con artículos de lujo.

marianoLa pequeña historia está llena de extravagantes anécdotas que ilustran sobre la función social del lujo como elemento de diferenciación y de manifestación pública e incontestable de estatus. Quizás uno de los personajes más curiosos de la historia de España haya sido don Mariano Téllez Girón, XII Duque de Osuna. Aún hoy se escucha decir ¡ni que fuera Osuna! para referirse a quien derrocha con poco escrúpulo y menor tino. Se cuenta del duque que mantenía abiertos todos sus palacios de Europa, que exigía la mesa siempre dispuesta a las horas acostumbradas y que un coche le esperara en la estación de ferrocarril más próxima estuviera o no prevista su llegada. Sólo por si le pluguiera aparecer con su tren privado ya que jamás compartió espacio con quien no quiso hacerlo. Pero la más extravagante de las locuras del de Osuna se produjo ejerciendo de Embajador de España ante la corte de San Petersburgo. El zar le había ofrecido, como muestra de respeto y también como provocación y exhibición de su poder, una opípara cena en palacio, servida en vajilla de oro por lacayos engalanados y en la que el propio emperador vistió una suntuosa capa de armiño. Herido don Mariano en su orgullo y pensando que también lo estaba el de la patria y la reina a quienes representaba, correspondió a la familia imperial, invitándolos a cenar en su palacio a orillas del Neva. Las viandas fueron servidas por lacayos envueltos en mullidas capas de armiño, como la que había lucido el propio zar y en vajilla de oro adornada con piedras preciosas que se arrojaba al río una vez eran retirados platos, copas y bandejas de la fastuosa mesa.

Estas excentricidades, aunque practicadas de un modo mucho más comedido, aparecen recogidas a veces en las páginas de cierta prensa y siempre referidas a estrellas del espectáculo o a multimillonarios de nacionalidades muy concretas. Sin embargo, fueron durante siglos moneda corriente entre Papas, emperadores, reyes y aristócratas que ofrecían a sus invitados comidas pantagruélicas en fiestas desbordantes de imaginación y artificios.

En cambio, en estos tiempos democráticos e hipermodernos donde la mesocracia es la regla, se ha socializado el lujo entre las clases medias de los países desarrollados. Cubiertas las necesidades básicas, satisfacer la sensación de peculiaridad a través de la reafirmación pública del estatus social está al alcance de una gran parte de la población. El acceso al lujo se ha democratizado. Quizás no podemos disfrutar de vehículos de alta gama pero las prestaciones de cualquiera de los que ofrece el mercado responden al concepto tradicional de lujo. Es fácil encontrar en los lineales de cualquier supermercado de cierto nivel, alimentos o bebidas que hasta hace pocos años sólo conocíamos por la literatura o el cine; viajar por mero placer no es ya patrimonio de los más adinerados y la ropa de marca ha ocupado el lugar del que nunca dispuso la alta costura en los armarios de la burguesía.

¿Significa esto que ha desaparecido el concepto? En ningún caso. Simplemente, la realidad es otra.

El lujo ya no responde a la mera extravagancia sino a la exclusividad. Cuando un economista ve el trabajo metódico, pausado y meticuloso de un artesano, lo admira y lo valora pero, sin embargo, no recomendaría a nadie que lo adquiriera ya que el precio del producto terminado no aporta la utilidad suficiente para que la transacción resulte beneficiosa al comprador. Se valora, pero no se paga. O sea, la Paradoja del artesano que unida a la necesidad de atender la creciente demanda de las clases medias obligó a industrializar la producción de los bienes tradicionalmente considerados de lujo. Pero hoy, la otrora denostada artesanía se recupera para ofrecer bienes únicos a quien esté dispuesto a pagarlos. Por eso, el lujo ya no lo representan los bienes sino la forma exclusiva en que se manufacturan.