Cuando he leído ésto no he podido más que pensar que se nos está yendo la pinza…. Y que no, no era un grupo de Facebook.

Indudablemente esto es un blog de moda, belleza, estética, estilo, tendencias y todo lo que queráis, pero ¿En qué momento deja de ser sana la obsesión por la belleza? Ante una pregunta así mi respuesta es clara y rotunda: En el momento en que dejas de hacer cosas racionales y/o involucras y/o perjudicas con tus acciones y decisiones a otras personas.

Si quieres hacerte un corte pelo Bob, si por motivos psicológicos deseas un aumento de pecho, si se te ocurre salir a la calle con medias absolutamente rotas o tintarte el pelo de rosa… ¡genial"! es tu cuerpo, tu decisión y “apechugarás” con ello. Pero cuando se inyecta botox a una propia hija que sólo tiene 8 años… no perdona, por ahí no paso!

Según se hacen eco multitud de diarios nacional, The Sun ha publicado un artículo – click para leer, en inglés y con foto de las susodichas incluso en el proceso de inyección de la toxina – donde cuenta el caso de una madre británica con 34 años (por llamarla así, que yo la llamaría simplemente gilipollas) que, dado que es esteticista, retoca cada 3 meses la frente, los labios y el contorno de ojos con botox a su hija, Campbell Britney, de ocho años. Además le hace la cera. Todo ello según asegura “le ayudarán a ser más popular y a convertirse en toda una estrella en un futuro”

Reconozco que cualquier niña – aunque me alegro que esto esté cambiando y que cada vez haya más nenas con iniciativa y sueños más reales e importantes – quiera ser una reina de la belleza cuando pequeña, juegue con los pintalabios y los tacones de mama y no se olvide de elegir sus bolsos y bufandas.  Pero me sorprende como hay gente capaz de jugar con la salud de sus seres ¿más queridos? por un fin tan poco lógico y coherente.

Todo esta noticia se completa con la obsesión de la niña por Lady Gaga  y el famoseo – supongo que intentando crear alarma social de la representación de las starlet en los más jóvenes – pero en realidad se trata simplemente de una madre desequilibrada, incoherente, excesiva y casi peligrosa, que está poniendo en peligro no sólo los músculos de la cara de la pequeña, sino su propia autoestima. En vez de inculcar valores como el respeto, la aceptación personal, la valoración de la diferencia y la originalidad, la búsqueda de mejora personal y social orientada a intereses y fines más importantes… lo único que hace es fomentar su propio ego desorbitado – el de la madre – convirtiendo a la niña en un “monstruo” frívolo y superficial, u justo en el momento en que los niños son más moldeables.

Indignado me hayo, oye…