EL IGLÚ. Eso fue lo que casi me da, un infarto, cuando abrí el catálogo de MANGO que asomaba por la boca de mi buzón ayer por la mañana.

Por Mercedes Barrutia

@merbarrutia / www.mercedesbarrutia.com

La verdad es que fue una mezcla entre parada cardio respiratoria y pena, pena de esa que te cierra la garganta y aprieta en el estómago. Cuando yo era pequeña, tenía una compañera de clase que estaba delgadísima y mi abuela siempre me decía “anda, dale una peseta pa un bollo”. Eso es, exactamente, lo que hay que darle a la modelo del catálogo: comida.

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El librito, que tiene un pase por lo sobrio-moderno con excepción de los tops por debajo del pecho y chaqueta americana, me tuvo más o menos entretenida hasta que vi esta foto. “Pobrecita la modelo”, pensé. Conozco las medidas que tiene que tener una modelo, sin valorar mi opinión al respecto, ¿¿pero esto..?? ¿En serio? Una chica que necesita echarse algo al estómago, vale, ¿pero el fotógrafo no se da cuenta de que la tipa puede partirse la cadera? Tan joven ella. Su cara lo dice todo, “uuh”.

Y de reconocer que, con lágrimas en los ojos, continué viendo el catálogo. Hasta que encontré la imagen que he titulado, me he permitido esa licencia, “ay, coño”. Esta foto es una clara consecuencia directa de la anterior, donde la modelo, según mis predicciones, se lesiona la cadera. Eso, o MANGO vende zapatos incómodos y vestidos que provocan esguince cervical. Eso sí, el peinado me encanta.

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He pensado en escribir a la marca y enviarle un catálogo hecho por mí, pero esta vez de bocadillos destinado a las maniquíes. Yo, que no perdono una comida, no puedo soportar y menos ver que una modelo de infarto se desconfigure durante una sesión de fotos. Eso, además de un parte de accidente laboral, requiere un control que parece que no se cumple y un compromiso que parece aún no ha llegado.