JOVENCITOS CON BOTINES. Y contra todas estas dictablandas sólo hay una forma de oposición, ejercer el orgullo de ser diferente.

Luis G. Chacón

http://elmaslargoviaje.wordpress.com / @LuisGChacon

Se cuenta que tras un acto del Frente de Juventudes, la encopetada señora de un gerifalte franquista pidió al conde de Foxá su opinión sobre la centuria de chicos que acababan de desfilar a los recios acordes de una marcha militar. Agustín de Foxá, intelectual, diplomático y sobre todo, elegante y bon vivant, le contestó con sarcasmo: Señora, cien niños vestidos de gilipollas detrás de un gilipollas vestido de niño.

Odio los uniformes (3)

No es necesario describir el revuelo que siguió a una manifestación considerada de tan mal gusto entre aquellas señoras tan ñoñas como superferolíticas que no podían consentir el más mínimo desliz y que se dedicaban a las labores que entendían propias de su sexo, a la vez que sus esposos se divertían en compañía de señoritas de tan mala vida como buen ver en las noches madrileñas que finiquitaban en algún tablao, después de dejarse ver por el imprescindible bar de Perico Chicote.

Como no podía ser de otra manera, estos uniformes siempre consiguen que surjan en nuestra memoria colectiva los peores recuerdos de una sociedad pacata, violenta y castrante. Al fin y al cabo, sean las camisas azules, negras, pardas o rojas, y lleven o no las guerreras el cuello mao, el único fruto de tanta parafernalia fueron el retumbar de las botas sobre el empedrado, los gritos de rigor y la alienación y sufrimiento de millones de personas bajo el yugo de los dictadores de turno.

La uniformidad sólo busca imponer el orden. Y yo al menos, entre la ley y el orden siempre me decanto por la ley que es un concepto mucho más democrático. A todos los totalitarismos les apasionan los uniformes. Da igual que su diseño sea fruto de la contención, como en la China de Mao, o la ególatra creatividad del líder se desboque en una espiral de locura delirante donde el brillo de las charreteras y el espesor de los penachos conviertan en minimalista la más exuberante opereta decimonónica.

Odio los uniformes (6)

Y es lógico que así sea. Si el poder no tiene contrapesos tiende hacia el absolutismo y el mayor triunfo de cualquier dictadura es reducir al ciudadano a súbdito. Si todo se uniformiza, se cercena la creatividad que la libertad individual aporta a la riqueza cultural de cualquier grupo social y a la sociedad en su conjunto.

Aunque parezca extraño, la dictadura de la uniformidad nunca nos ha abandonado a lo largo de la historia. Durante siglos se nos dijo en qué debíamos creer para no sufrir una eternidad en los infiernos; después nos cambiaron a Dios por el rey y al fin, a este por la patria o la clase social. ¿Y hoy? Hoy las dictaduras son dictablandas pero existen; piensen en la imposición social de una determinada imagen, la obsesión por lo políticamente correcto o la exigencia de que sigamos, nos apetezca o no, una vida saludable.

La razón que obligó a uniformar a los legionarios romanos, todos ellos ciudadanos libres, fue poder identificarlos en los campos de batalla. De igual modo, algunas empresas uniforman a sus empleados como parte de la imagen de marca. Es claro que buscan un medio fácil de identificación, es útil para los clientes y cómodo para los trabajadores. Pero no olvidemos que ni la utilidad ni la comodidad son un estilo.

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Ahora bien, ¿cuántas ejecutivas salen de casa con su trajecito de chaqueta, su blusa clara y sus tacones negros? ¿Cuántos directivos visten todos los días del año con el mismo traje azul marino entallado, la corbatita del color corporativo de la compañía y calzados con unos más que inapropiados mocasines? Les aseguro que no hay nada menos estimulador que pasearse por las plantas nobles de las grandes empresas españolas. La única diferencia con aquellas centurias que tan bien definiera el ingenioso conde de Foxá estriba en que los hombres no lucen pantalón corto y las mujeres no ocultan unos pudorosos pololos bajo la falda.

Y contra todas estas dictablandas sólo hay una forma de oposición, ejercer el orgullo de ser diferente; la exposición de nuestra propia personalidad, ser distintos a los demás y distinguirnos de todos ellos. Al fin y al cabo, la persona era el nombre que los antiguos griegos daban a la máscara del actor y que convertía a este en otro individuo diferente. No seamos miedosos, arrojemos los uniformes a la hoguera y seamos nosotros mismos.

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Fotos: Ecoolsystem / Jak&Jil