EL IGLÜ. MERCEDES BARRUTIA./@MERBARRUTIA / WWW.MERCEDESBARRUTIA.COM

Como ya sabéis que no soy muy dependiente de la moda y llevo muchas semanas esforzándome por contentar al jefe, hoy voy a hablar de lo que me dé la gana. Y lo que se me antoja, no es más que una historia de amor. Pero, ojo, no es una historia romántica, ni idílica, ni una escena de película. Es una historia de amor de verdad, de las que forman parte de la realidad, de las que duelen, de las que gustan… ¿preparado?

El otro día, estaba hablando con una conocida a la que le pregunté por su marido. Él es un señor con una salud muy delicada: es diabético, le han dado varios ictus, ha tenido varias parálisis y además de una discapacidad física tiene problemas de corazón. Hace mucho que sólo puede caminar con muletas, pero desde el último “sustillo”, como dice su mujer, no puede valerse por sí mismo. Necesita ayuda para todo lo que la mayoría de las personas hacemos con plena autonomía: lavarnos, asearnos, comer, levantarnos…

El caso es que hablaba con esta señora, que es pura energía y positividad. Me contó que su marido, por suerte, estaba mejor. Que ya podía mover la mano aunque no había recuperado toda la fuerza ni toda la movilidad. Y aquí viene la historia de amor, por fin…:

Antes de perder movilidad, el hombre, todos los días se levantaba un ratito antes para prepararle el desayuno a su chica. La despertaba con el ruido de la cucharilla dando vueltas dentro de la taza de café. Desde hace años, esto no ha podido ser. Al recuperar la movilidad de la mano, la pareja tuvo una idea brillante, reluciente: ella se levanta, coloca a su marido en la silla de ruedas motorizada, le asea, le deja a mano todo lo necesario para preparar el café, le coloca una bandeja en las piernas atada con una cinta y ella se vuelve a la cama y se hace la dormida. Entonces, él puede entrar en la habitación y, como siempre, despertar a su chica con ese clic, clic, clic, más dulce que nunca.

La señora cuenta cómo muchas veces se escucha un porrazo y un ruido de platos contra el suelo, a continuación un “¡neeenaaaa, que se me ha caído”. Y ella, prevenida por el ruido, acude en su ayuda, cada vez, como si fuera la primera y como si nada hubiese pasado.

La “Nena”, es una mujer fuerte y con suerte. Él es un hombre fuerte y, aunque no lo parezca mucho, con suerte también. Los dos han conocido el amor, un amor eterno, profundo, sincero, de esos que todo lo puede y todo lo vence. Pocas cosas se pueden pedir más en esta vida.

Os dije que era una historia de amor. Una historia de amor real, de las que duelen, de las que gustan.

Por cierto, me he comprado unas botas amarillas, pero eso sí que es otra historia…