El Museo del Traje siempre me había causado sensaciones contrapuestas. Entusiasmo y pereza…

opinion museo del traje gafas amarillas

Amor por el contenido, por el continente y por el valor intrínseco de la idea, y un poco de “odio” por no ser capaz de despegarme de la pereza para ir a verlo… ya sabéis que vivo en Granada y no estoy, precisamente a un paso del recinto. Pero tuve los santos cojones de pasar un año estudiando en Madrid y, entre pitos y flautas, no tuve la decencia de reservar una tarde para ir a verlo expresamente.

La cosa empeora, y tiene delito, si os digo que ya había pisado sus instalaciones en dos ocasiones anteriores con motivo de los encuentros nacionales de Blogs de Moda donde los fashionistas con interés lo damos todo de conferencia en conferencia.

Ni siquiera estando allí, en los escasos descansos, tuve la iniciativa de entrar a ver la colección, excusándome en que en la breve pausa no me daría tiempo a verla con detenimiento. No me faltaba razón y un poco sí, a la vez, dependía de lo que yo imaginaba encontrar dentro. Salas y salas y salas y salas llenas de vestidos epatantes e hipnóticos que no me dejarían escapar tan fácilmente.

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Gracias al Master de Moda, Comunicación y Gestión que organiza este año ESCO, la última semana de febrero todos los alumnos acudimos a este emblemático espacio para recibir una clase magistral de la inspiradora e inspirada Blanca Zurita, pero esa vivencia requiere otro capítulo.

Fuimos recibidos por una de las personas que descubrí más interesantes y amables del mundo de la moda en el mundo mundial, Helena López de Hierro, la directora del museo. Una mujer cabal, realista, buena comunicadora y ante todo una apasionada de su trabajo y de la moda como concepto cultural y artístico. Estos últimos detalles son fundamentales ya que muchas veces se nos olvida entre este trasiego de trapitos.

Nos hizo un recorrido muy ameno, primero histórico y luego físico, por el propio museo. De una forma certera, rápida y concreta nos indicaba lo más relevante de cada época convirtiendo el paseo en una visita privada de lujo.

La perfección es aburrida y monótona, así que, como la propia vida, el Museo del Traje de Madrid tiene sus pros y sus contras, lo que lo hace muchísimo más interesante. Y con mucho más por explorar. Aquí os listo mis noes y síes basados en aquella visita

NO. La fundamental importancia de la luz

Cuando entramos en el ensortijado laberinto de madera me invadió una sensación que se podría describir como “caverna platónica de la moda”; donde se ven sombras de lo que hay o había en la calle pero no terminas de considerarlas del todo reales ¿O lo que decía Platón era justo al revés? Lo mismo me da el filósofo, pero sólo puedo recordar la sensación brumosa entre tejidos inertes rodeados de oscuridad.

Comprendo, y es comprensible, la necesidad de luz tenue para la conservación de los materiales y los vestidos, pero le hace un flaco favor a su íntegra y total visualización. Diseños concebidos para brillar a la luz del día o bajo los focos de una fiesta se ven genial conservados pero bastante deslucidos, nunca mejor dicho.

Este punto esta muy unido a…

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NO. Bellos y cegados ventanales

Una de las cosas que más me sorprendió es la confrontación entre el propio edificio y lo que alberga. La sede se creó como museo especializado en arte contemporáneo y posteriormente, cuando se decidió que serían prendas y tejidos lo expuesto, se hizo una intervención interior para adecuarse a las necesidades expositivas. Me dio pena, mucha pena.

Un claro no a “desaprovechar” la magnífica obra arquitectónica de Jaime López de Asiain y Ángel Díaz Domínguez, que fue Premio Nacional de Arquitectura en 1969. Grandes, grandísimos ventanales que muestran los bellos jardines del museo se encuentran completamente tapados.

No pude resistirme, ya me conocéis, y terminé preguntándole a la propia Helena qué le parecía este asunto. Sin tapujos me contestó que era una pena pero que había sido y era la única manera viable y capaz de llevar a cabo el proyecto, tanto de exponer la colección de prendas como de mantener en funcionamiento el propio edificio.

Esta muy bien resuelto interiormente, pero yo, como buen andaluz, hecho mucho de menos un buen rayo de sol cruzando el museo y brillando al chocar con la seda.

NO. Estamos lejos, muy lejos

Comprendo, y es comprensible, que la conservación del vestuario sea fundamental. Comprendo, y es comprensible, que la protección también lo sea. Pero también comprendo, y es comprensible, que si voy a conocer en vivo algunas piezas emblemáticas de la historia del traje me apetezca tenerlas más cerca.

Cuando vas a ver el Guernica, ningún cristal lo protege… cuando vas a ver la Gioconda, ejem, bueno, a la Mona Lisa si la han acristalado pero todos sabemos lo cursis que son los franceses.

Para nada digo que el Museo del Traje se convierta en un showroom cualquiera donde estemos todos como Pedros por nuestros “amantes pasajeros”, pero considero que tanto el cristal como la lejanía dificultan enormemente la visualización y la apreciación de los vestidos en profundidad.

Se me ocurre, siendo los fondos del museo tan extensos y supongo que con diferentes graduaciones de valor e importancia, ¿Por qué no se seleccionan algunas prendas para poder verlas de cerca y sin cristal por medio? El arte, siempre con respeto, debe poder verse de cerca. ¡Con sólo rodear las siluetas nos daríamos con un canto en los dientes! Sólo rodearlas, ojo, nada de tocar – consejito: nunca tocar nada de un museo a no ser que sea el Parque de la Ciencias y te obliguen a ello.

Me quedé con mil ganas de ver bien de cerca los bordados de lentejuelas de los años 20 o 30, o alguno de esos brocados del siglo XVI. Y no, no me vale que haya “telas similares” en el área educativa porque lo que quiero es verlo sobre la prenda y sobre la época.

Si se puede hacer en esa divertida pasarela invertida final, donde puedes “pegar la nariz” al Paco o al Custo, seguro que pueden adaptarlo a otras épocas. No es cuestión de capricho, es cuestión de detalles.

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SI. Visión y misión para todos esos futuros fashionistas

Durante la visita nos cruzamos con una clase de niños de unos cinco años. Me habría sentado con ellos a disfrutar de un recorrido que parecía ameno y divertido. Hacer valer la moda y la vestimenta desde tan temprana edad es una gran idea.

Genial fomentar, como debe ser, esa función educativa fundamental en cualquier museo para no tener así un futuro cargado de blogueras/os llenos de prepotencia y sin nada que decir. El árbol hay que ponerlo firme casi desde semillita.

 

SI. Rotación de fondos y exposiciones interesantes

Puntazo a su favor. Poder conocer los excesos de Versace, algunos meses después quedarse anonadado frente a unos sacaleches del siglo XIX y ahora seguir flipando con los ingenios de diseño “imposible” es un verdadero lujo. Las exposiciones temporales dan vida y valor al centro.

SI. Interacción, diversión y conocimiento de primera mano

Como íbamos en visita especial tuvimos la suerte de poder acceder al área didáctica donde nos dejaron, literalmente, jugar con las telas, los entramados, las calzas, etc. Saqué al Manuel III que llevo dentro con la gorguera o emulé a la Señorita Escarlata – póngase voz de película – con el corsé.

Una cosa que siempre requiero en los museos es ¡más interacción, por favor! Con las obras no se puede tontear pero hay muchas fórmulas para hacer cosas interesantes, instructivas y que se encuentren dentro del programa. Un 10 por este área tan interesante del museo.

En resumen, el museo posee una gestión de diez, implicada y eficaz que maneja un contenido muy, pero que muy interesante, aunque poco “accesible”, ubicado en un entorno bellísimo pero desnaturalizado de su función. Luces y sobras de un museo necesario y de visita obligada. Gracias, al salir pueden dejar su comentario.