JOVENCITOS CON BOTINES: LUIS G. CHACÓN.HTTP://ELMASLARGOVIAJE.WORDPRESS.COM/@LUISGCHACON

OPORTO - CAFE MAJESTIC (1)

Hubo una época en la que el tiempo no se medía con la ansiedad de los cronómetros; las campanas de las iglesias marcaban el ritmo de las ciudades, la luz del sol imponía el fin de la jornada y las estaciones se sucedían con parsimonia. El periódico no se ojeaba pasando la vista por los titulares sino que se leía y releía, pues a veces, las noticias tardaban tanto en llegar que alguna declaración de guerra se conoció en provincias cuando ya estaba firmada la paz. Las tardes se compartían alrededor de los veladores y las humeantes y aromáticas tazas de café no se engullían de un sorbo sino que se paladeaban con la tranquilidad que da saber que las horas pasan despacio.

A mediados del XVII, nació en Oxford la costumbre de tomar café, el vino de los árabes, en lugares públicos. Pero la conquista de la India y la moda del té separaron a Inglaterra del mundo de los cafés como el Canal de la Mancha la aísla del continente. En 1683, tras la batalla de Kahlenberg que rompió el segundo sitio de Viena, las tropas otomanas abandonaron en su huida medio millar de sacos que sólo interesaron a Franz Kolschitzky, un joven polaco que había vivido en Turquía. Con ellos abrió Die blaue Flasche e hizo de Viena la meca del café que se servía solo, con leche – el típico melange – o con crema batida – el delicioso einspänner o café vienés. Se decía, haciendo acrónimo su nombre, que debía ser cálido, amargo, fuerte y espeso y Talleyrand lo prefería negro como el diablo, caliente como el infierno, dulce como el amor y puro como un ángel.

SALZBURGO-CAFÉ TOMASELLI OPORTO - CAFE MAJESTIC

VIENA - CAFE CENTRALA mediados del dieciocho, los cafés ya son escenarios de tertulias, romances o duelos y desde entonces han sido testigos de conspiraciones, revueltas y negocios grandes y pequeños. No se entienden los movimientos estéticos y culturales contemporáneos sin pasearse por los viejos, decadentes y clásicos cafés que los vieron nacer. Sin ellos, la política y la historia de estos dos últimos siglos hubieran sido muy diferentes.

Stefan Zweig que se reunía con sus amigos escritores de la Jung-Wien, primero en el Griensteidl y después en el Central, donde Freud jugaba al ajedrez, escribió que por fortuna, en Viena le espera a uno en cada esquina un café. Y en todos había algún huraño solitario y varias animadas tertulias. Quizás por ello aún perviven muchos – Demel, Mozart, Griensteidl, Central o Sacher – en los que siguen vivas las notas de los viejos valses de Strauss y el aroma de un romántico imperio que, como escribió Joseph Roth, quedó enterrado in aeternum en la Cripta de los Capuchinos.

Si el tricentenario Tomaselli de Salzburgo presume de su exquisito strudel tanto como de haber tenido a los Mozart entre su clientela, sin el bohemio Café Gijón de Madrid no existiría Jardiel Poncela y no se aprecia igual a Pessoa si no se han visitado los lisboetas A Brasileira o Martinho da Arcada. Y sin salir de Portugal, hoy parece imposible que hace un siglo, la cosmopolita sociedad de Oporto calificara de escándalo que el elegante Majestic fuera pionero permitiendo la entrada a las mujeres solas.

En París, el Café de la Paix comparte plaza, historia y arquitecto con la Ópera. En sus salones, diseñados por Garnier, Verdi fue vitoreado tras sus exitosos estrenos parisinos que decenios más tarde también celebraría la divina Callas. Más intelectual es el Café de Flore que abre sus puertas a un paso de a la vieja iglesia de Saint Germain en pleno corazón del barrio latino. Allí, Camus, Sartre y Simone de Beauvoir discutían acaloradamente sobre lo divino y lo humano a la vez que ponían las bases del existencialismo.

PARÍS-CAFE DE LA PAIX VIENA-CAFE DEMEL

LISBOA-'A BRASILEIRA'Tampoco la política escapó a su encanto. Los obreros se reunían en pequeños cafetines para disfrutar de un rato de asueto y también para quejarse, planear motines y prender la mecha de las revoluciones. Burgueses e intelectuales preferían aquellos en los que algún pianista amenizaba las conversaciones y los poderosos se dejaban ver en los lujosos salones de los establecimientos más a la moda.

En 1689, un comerciante italiano abrió en París el café más antiguo aún activo, Le Procope. Al poco se convirtió en refugio de intelectuales y sentados a una de sus mesas, Diderot y d´Alembert concibieron l´Encyclopédie. Por él pasaron Voltaire, Rousseau y puede que más de una tarde se cruzaran Franklin y el doctor Guillotin. Fue el lugar donde confabularon Danton o Marat y allí se exhibió por vez primera el gorro frigio, símbolo de la Revolución.

En las tertulias se opinaba, se pontificaba o se retaba a duelo. Y en las políticas, sobre todo, se conspiraba. Ya dijo el Cardenal Richelieu que con frecuencia el destino de una nación se decide sobre una taza de café. Preguntado el primer ministro austríaco, Clam-Martinic, sobre una posible revolución en Rusia contestó: ¿Y quién se supone que va a hacerla? ¿El señor Bronstein desde el Café Central? El tal Bronstein era Trotsky, que exiliado en Viena pasaba las tardes soñando la caída de los zares y jugando al ajedrez.

Pero aquel tiempo pasó. La época dorada de los cafés acabó tras la Segunda Guerra Mundial y hoy la prisa inunda las cafeterías. Que diferente es la divertida imagen de La tertulia del Café de Pombo, en la que Gutiérrez Solana retrata al excéntrico Gómez de la Serna de la dura soledad que Hopper plasma en su lóbrego Noctámbulos.

Lugares de encuentro y de difusión de nuevas ideas, en ellos se han acunado movimientos políticos y culturales. El café fue y puede que aún sea, ágora moderna, espacio de cita íntima y reunión bulliciosa, de soledad buscada y de meditación, de tertulia y de libertad. Podría dibujarse un mapa de los cafés y tendríamos un atlas de literatura, de música, de arte y de política. Quizás, el generoso puñado de antiguos cafés que aún sobreviven, sean el relicario donde se conserva intacto el espíritu humanista de la vieja Europa.