JOVENCITOS CON BOTINES: LUIS G. CHACÓN. HTTP://ELMASLARGOVIAJE.WORDPRESS.COM / @LUISGCHACON

turistas y viajeros luis chacon (1)

No sé si los niños de hoy leen novelas de aventuras. Espero que los videojuegos hayan sustituido a aquellas en su labor de crear la ilusión por viajar a través del mundo y que como nosotros, fantaseen con hacer largos viajes. Todos soñamos; los aventureros, con lugares lejanos e inhóspitos, los románticos con pequeños pueblecitos de la Provenza o la Toscana, los trascendentales con las cumbres nepalíes del Himalaya, los religiosos con el Camino de Santiago, los cinéfilos con esa Casablanca que nunca existió y los intelectuales con ciudades repletas de museos y obras de arte. Nunca viajaremos tanto como soñamos pero quizá consigamos hacerlo más de lo que racionalmente hubiéramos pensado.

turistas y viajeros luis chacon (4)Hasta que en 1841, Thomas Cook fletó un tren especial para llevar a un grupo de puritanos de Leicester a la cercana ciudad de Loughborough con la intención de asistir a un Congreso Antialcohol, entonces tan de moda entre la sociedad biempensante, viajar cómodamente y por placer sólo era privilegio de unos pocos. Durante siglos, los únicos grupos de viajeros organizados, aparte de los compuestos por los batallones de todo ejército invasor, eran las hordas de bárbaros que asediaban con retorcida insistencia el centro de la vieja Europa o las tripulaciones vikingas que como modernos cruceristas avant la lettre, fondeaban sus drakkars frente a los puertos con la intención de realizar algo parecido a visitas relámpago a las ciudades más cercanas.

La moda del Grand Tour surgió entre la aristocracia inglesa del siglo XVIII; un viaje a lo largo de Europa con paradas obligadas en París, Venecia, Florencia, Nápoles, Roma o Atenas que acabó siendo norma entre la juventud adinerada del continente. Empaparse de la cultura clásica y buscar el encuentro íntimo con la romántica Italia, cuna de nuestra civilización, se convirtió en un rito iniciático y un reto intelectual para cualquier joven de clase alta. Epatado ante la belleza de Florencia, Stendhal sufrió un ataque de ansiedad que un siglo más tarde se haría norma entre los soldados estadounidenses. Aquellos chicos duros – nacidos en esas pequeñas granjas perdidas que salpican las inmensas llanuras del medio oeste – habían soportado con entereza el terrible desembarco de Anzio o la carnicería de Montecassino pero se mostraron incapaces de contener el llanto ante la eterna majestad de una Roma que aparecía intacta entre la generalizada destrucción de una guerra cruel y salvaje.

Corría el primer tercio del XIX cuando Karl Baedeker, un avispado editor alemán, vio un filón de negocio en aquellos caballeretes viajeros ansiosos de conocer, a los que ya se habían unido con asiduidad jóvenes señoritas acompañadas siempre de su inseparable carabina – alguna intachable dama soltera de cierta edad y venida a menos económicamente – y creó las guías de viaje. Hasta bien entrado el siglo XX, viajar por Europa sin llevar en la maleta la correspondiente Baedeker’s era considerado un comportamiento aventurero, de inadmisible osadía y clara ordinariez.turistas y viajeros luis chacon (2)

El romanticismo amplió los intereses intelectuales del Grand Tour y convirtió a España en un destino pintoresco; una especie de Oriente seguro y cercano lleno de pasión y contradicciones que inundó de tópicos la música y la literatura occidental. Y así, Washington Irving popularizó las leyendas de la Alhambra en sus encantadores Cuentos, Bizet inundó con los sones de su Habanera los teatros de Europa y George Sand en Un invierno en Mallorca contó los deliciosos meses que disfrutó con su adorado y exquisito Chopin en la Cartuja de Valldemosa.

turistas y viajeros luis chacon (3)Aquella idea de Thomas Cook tuvo un evidente éxito económico cuando viajar por placer se convirtió en un fenómeno de masas. Avanzado el siglo XX, el turista acabó con el viajero e hizo de él una reliquia del pasado. Que tanta gente viaje con cierta habitualidad es un paso adelante en la historia de la civilización. Lo terrible no es que lo hagan, sino como lo hacen.

La diferencia entre viajero y turista es similar a la que nuestros vecinos franceses establecen entre gourmet y gourmand. El primero se distingue por su exquisito paladar, el segundo no es más que un comilón con cierto criterio. Abundando en la comparación, podríamos decir que los asiduos a esos terribles viajes organizados en los que nerviosos guías turísticos armados de coloridos paraguas pastorean hordas de humanoides, serían el equivalente a nuestro castizo tragaldabas. Son esos turistas que cuentan los viajes por el número de destinos, más que por su interés y van poniendo cruces en un imaginario mapa sin más criterio que la cantidad y la ostentación.

El viajero sabe adónde va y prepara su viaje con respeto. Lee, se informa e intenta comprender el lugar al que se dirige; se mezcla con sus habitantes y huye de los artificios del turismo masificado. Busca lo auténtico, rechaza los tópicos y las contrahechas diversiones gestadas por las mentes calenturientas de la industria turística para divertir a las modernas hordas vikingas armadas de artefactos para inmortalizar el momento, con espectáculos tan zafios como falseados. Y sobre todo, disfruta del tiempo; se demora donde le apetece, saborea el momento, se emociona y vive.

El turista sube y baja del autobús, corre, dispara su cámara o su moderno tablet a discreción, deglute la insípida comida internacional de cualquier figón al que le lleven y vuelve a casa con centenares de fotos y horas de video de lugares que no recuerda.

Cada mañana, el viajero se viste, el turista, con suerte, se cubre. ¿Es necesario deambular por el mundo con ese zafio uniforme compuesto de chanclas, bermudas, camiseta y gorra? No me digan que es por comodidad; la comodidad no es un estilo. ¿Dónde queda el respeto? ¿No lo merecen Giotto, da Vinci o Velázquez?

El viajero sólo adquiere aquello que le enamora porque las sensaciones de su visita las tendrá siempre. El turista carga su maleta de inefables souvenirs sin más criterio que la acumulación feísta de nimiedades.

Pensemos un poco y preguntémonos por qué hay tanta gente capaz de traicionar su infancia. Desgraciadamente, para la mayoría es tan triste como cierto; de niños se sueña con viajar y de mayores se hace turismo.