JOVENCITOS CON BOTINES. De gárgolas y quimeras

Escribió Balzac que “el bruto se cubre, el rico se adorna, el fatuo se disfraza y el elegante se viste.” Pero nunca debe hacerse de cualquier manera.

Por Luis G. Chacón

La efigie de una quimera que se acoda sobre la balaustrada de la galería superior de Notre Dame se deleita con la hermosa panorámica de París que le permite su posición privilegiada. Suele llamar la atención del viajero su gesto burlón y pensativo pero lo que ignora el melifluo turista es que el monstruo, que observa pasar la vida con esa madurez secular que deviene en estilo, ha visto transitar a miles de sorprendidos visitantes que incapaces de paladear la belleza, sólo tienen aptitud para deglutirla. Son los mismos que se fotografían abrazándola para, más tarde, presumir de su viaje a París y contar que se inmortalizaron, según ellos, junto a una gárgola, añadiendo entre risitas nerviosas: “como la de la peli del jorobado”. Y se regodean en su incultura mientras manosean la fotografía con los grasientos dedos manchados por la barbacoa y la comparten con una horda de tipos calzados, como ellos, con chanclas y más bien tapados que vestidos, con las camisetas talla XXL en las que lucen el dorsal de sus atléticos ídolos deportivos.

2011-09-108-PARÍS-NOTRE DAME-LAS QUIMERAS DE VIOLLET LE DUCLas deliciosas y exquisitas quimeras diseñadas por Viollet le Duc a mediados del siglo XIX carecen de utilidad alguna y así se concibieron. Ni son útiles, ni necesitan serlo. En cambio, las gárgolas medievales que circundan la Catedral tienen, en su modesta belleza, la valiosa finalidad de servir de prácticos desagües en esos días grises y lluviosos tan parisinos como melancólicos. Y al gorgoteo del agua que cae desde las alturas de los campanarios hasta que se estrella en el duro pavimento, deben su romántico nombre.

La gárgola, por tanto, asume la utilidad como una tara que no lastra su belleza pero si su estilo. Si la meditativa quimera que otea París ha alcanzado la categoría de paradigma de la elegancia es porque sublima lo innecesario y sólo busca deleitar los sentidos, que es la finalidad última y casi única del arte y el mayor valor de la belleza.

A quienes creen que basta con lucir una determinada vestimenta para ir elegante, hay que recordarles que ni se va ni se está elegante porque elegante o se es o no se es. La elegancia no es un estado temporal de gracia sino una forma de afrontar la vida que se nutre de modos y aptitudes y se sustenta en un trípode áureo delimitado por la sencillez, la distinción y la cultura.

Sencillez, naturalidad, moderación o mesura son cualidades inherentes a ella. No hay mayor negación de la elegancia que la ostentación y el exceso. Entre los matemáticos se califican como elegantes las demostraciones realizadas con la mínima cantidad de hipótesis o las resueltas del modo más breve. Aunque los patanes confunden la naturalidad con la ordinariez y la educación con la hipocresía, el verdadero elegante no lo haría jamás porque eso que nuestros mayores llamaban buena educación no es más que una forma de cultura que va más allá de la mera acumulación de conocimientos y se concreta en la curiosidad por aprender cada día. Y de ahí nacen las vanguardias, de esa curiosidad caprichosa que crea o descubre nuevas formas de elegancia concebidas para sorprender.

Escribió Balzac que “el bruto se cubre, el rico se adorna, el fatuo se disfraza y el elegante se viste.” Pero nunca debe hacerse de cualquier manera. No es cuestión de con que te vistes sino de cómo lo haces. Es una cuestión de distinción. Distinguirse de la masa es signo de individualidad y elegancia.

Al fin y al cabo se es elegante cuando todo se hace de modo diferente a como lo hacen los demás pero se aparenta hacerlo de igual modo que ellos.

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Imagen de cabecera: Michael Parkes